Monday, March 27, 2006

CONCIERTO

PÉREZ BARRERA SARAHI
CRÓNICA

MÚSICA PARA EL ALMA


Justo en el centro de la orquesta, con la expresión que denota concentración, con la mirada que refleja inspiración, con las manos sosteniendo batutas invisibles que se mueven en el aire formando figuras imaginarias, con la responsabilidad de dirigir a la OFUNAM, una de las mejores orquestas de América Latina, así está el director.

Solo en el centro es la figura más solitaria en toda la sala, aunque también es la más poderosa: sus movimientos marcan el ritmo que han de seguir los músicos, y cada uno de ellos toca sólo cuando él se lo indica, un error y todo se arruina; un error y desafinan. No, no hay errores en la música, la música se siente, no se piensa.

Y ahí está, Enrique Arturo Diemecke, el director, viviendo, gozando, dirigiendo a la orquesta, a su orquesta. Ahí está, esa figura solitaria moviendo sus manos, gesticulando con todos los músculos de la cara, dando pequeños e involuntarios saltos de alegría mientras trabaja, mientras deja que la inspiración fluya.

El resultado es una armoniosa melodía que deleita el alma de quien la escucha, un ritmo alegre que va impregnando los espíritus de los espectadores con esa vivacidad de la que sólo la música es capaz de despertar. Cinco minutos después y concluye la primera pieza: la obertura de la clemenza de Tito, K621, de Amadeus Mozart.

Unos minutos más y todo está listo para reanudarse, al escenario entra un piano de cola, un magnífico instrumento que está ansioso por ser tocado; la encargada de hacerlo es Lucille Chung, una hermosa mujer que con su simple presencia despierta el interés del público. Una vez más todo está listo para comenzar.

Ahora ella se une a la figura solitaria del director en el centro del escenario y juntos comparten la responsabilidad de la pieza; aún es él quien tiene que ordenar todos los movimientos a los músicos, pero ahora ella cuenta con gran parte del peso de la obra, todos están expectantes de lo que haga.

Y comienza la pieza, se trata del concierto para piano y orquesta de György Ligeti; rápidamente Lucille muestra su talento y comienza a tocar; sus dedos recorren rápidamente las teclas del piano como si se tratara de un rayo que atraviesa una y otra vez el firmamento, la velocidad con la que lo hace es impresionante, la precisión es simplemente indescriptible, es un cirujano de la música. Es toda una artista.

De esta manera ella sola se logra adueñar del escenario, se vuelve la protagonista principal de todo el movimiento. No es sólo su belleza, sino también su talento, su capacidad para conmover y atrapar los corazones de quienes la están escuchando. Se le ve concentrada, con una sonrisa en la boca, con movimientos tan veloces que resulta muy difícil explicarse cómo puede cambiar la página de su partitura.

Poco tiempo después termina; 22 minutos que se han ido como el agua. El público la arropa con el calor de los aplausos, con la visible emoción de estar ante la presencia de una verdadera artista. El sonido de las palmas se vuelve estremecedor, al grado que el director decide repetir el último movimiento para beneplácito de los asistentes. Al terminar, una vez más, el respetable le hace sentir su admiración a ambos.

Después del intermedio nuevamente es el director el que tiene toda la responsabilidad de la orquesta; regresa a ser la figura solitaria en el centro del escenario, vuelve a desnudar su alma para mostrar su talento, confirma que es digno de llevar por buen camino los destinos musicales de la OFUNAM. Y así lo hace.

Mueve las manos para que toquen los instrumentos de cuerda; ahora hace que los de viento hagan su aparición; le pide a las percusiones que realicen su labor; sube y baja el tono, pide pausas, crea silencio, mueve corazones, despierta almas. La alegre melodía vuelve a impregnar toda la sala Nezahualcóyotl con su incomparable candor. Se olvidan las penas, los espectadores se funden en un sentimiento general.

Es la tercera sinfonía de Beethoven la que se está escuchando, una pieza que quizá no es muy conocida pero que, sin duda, es muy hermosa; el director se esfuerza para dar lo mejor de sí y para que los músicos den lo mejor de si mismos; la figura solitaria sigue en su soliloquio gestual para lograrlo, la música invade el ambiente. No, no hay errores en la música. Siempre hay que seguir tocando. Siempre hay que seguir escuchando.
Imágenes: google.com

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